TRAVELS

Amsterdam | Capítulo 1

Si te preguntan alguna vez, cual es la ciudad con más canales del mundo, piensa dos veces la respuesta que estas a punto de dar, porque amig@s, Venecia no es la única. Sí, no me he vuelto loco, ni estoy diciendo algo que no sea cierto, simplemente hago alusión a una ciudad con un encanto particular -que no es una isla- situada en los Países Bajos: Amsterdam. 

Mi aventura comienza aterrizando en el aeropuerto de Schiphol (o algo parecido -no recuerdo muy bien el nombre), donde pude apreciar diminutos afluentes de agua que parecen ríos con cauces muy bien delimitados, pero que en realidad se trata de pequeños canales, que te van porporcionando una idea de lo que vas a encontrar en el centro de la ciudad. 

  
Otro aspecto que llama en demasía la atención (al menos para alguien habituado a vivir alrededor de campo seco, característico del clima Mediterráneo) es el verdor de la tierra,  con árboles y arbustos de especies desconocidas en la vertiente mediterránea. Pues bien, la aventura acaba de comenzar, y con sorpresas incluidas -sorpresas buenas claro- ya que al bajar del avión, y salir del gran laberinto que conforma el aeropuerto y sus faraónicas infraestructuras -nada que ver con el familiar aeropuerto de Alicante (elche para algunos/as)- descubro una leve brisa fresca que roza mi rostro, y mis manos (ya que fui  previsor y llevaba manga larga arriba y abajo). Nada más refrescante y reconfortante que sentir en pleno julio una temperatura fresca, inusual e imposible de acaecer en Alicante, y prácticamente en toda España – a excepción del Norte, que allí siempre hace fresquito-.

Una vez llegué a la estación central, desde el aeropuerto, la panorámica mediterránea a la que estoy acostumbrado no tenía absolutamente relación con aquello. La fachada de la estación era espectacular (me atrevería a relacionarla con algún movimiento histórico en particular ubicado en el arte, pero no estoy muy especializado en el tema).   

   

  
 ¡Ya estaba en Amsterdam! No lo sé bien, pero es una sensación muy gratificante el estar en una tierra desconocida pero prometedora, con infinidades de rincones que visitar y disfrutar. 

Lo primero que hicimos mis amigos y yo, fue coger un tranvía  dirección al hotel. Toda la ciudad esta muy bien conectada con líneas de tranvía. Allí no se puede subir por cualquier puerta como pasa en Alicante con el Tram, sino que debes de ir al final del tranvía -donde te espera la única puerta accesible para los que quieren subir-. Al subir te encuentras con una gran cabina en la que una mujer rubia y de ojos claros -como no- ya entrada en edad, te pide unos dos euros y pico por un ticket que te permitirá acceder a cualquier línea de tranvía con la que podrás moverte por toda la ciudad-aunque el encanto acaba pasada 1 hora-. 

Mi hotel The Hampshire estaba situado en la parada de Artis. Es un barrio muy pintoresco con dos parques muy especiales -en uno de ellos había un invernadero reutilizado como cafetería con una decoración espectacular y mágica-. Junto al hotel estaba situado además un jardín botánico de interés turístico.

   

  

  


 El tiempo pasó muy rápido esa mañana y una vez nos dirigimos al hotel y nos instalamos, pudimos apreciar que el reloj alcanzaba ya las 4-5 de la tarde. Por lo que colocada la maleta en una silla (especial para maletas), salimos de la habitación con ganas de comernos Amsterdam.  

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